viernes, 21 de enero de 2011

Y encontré al cura pero salió pecador.

¿Y qué tan santos se consideran ustedes?

Estos días me la he pasado leyendo un poco, un hobby que considero agradable y pues no solo sirve para alimentar la cultura sino para distraerse bastante; para los que no creen, un libro tiene mucho que enseñarte y una buena historia puede hacerte sentir emoción. El libro que estoy leyendo (La ciudad de los herejes – Federico Andahazi) narra un poco de historia de la época de la Francia medieval y trata un tema que me apasiona bastante que es el de la religiosidad. La primera parte del libro (La casa de Dios) me puso a pensar muchas cosas que suceden en la actualidad.

Nosotros como personas y seres humanos no podemos pensar en el término de la perfección; carecemos de los elementos que nos puedan determinar como especies completas, sin ningún tipo de defecto o error. Por más esfuerzo que se emplee en la labor de llegar a creer o pretender ser un Dios sin prejuicio alguno, debemos aceptar que nuestra naturaleza impide lograr ese objetivo, pues al contrario, es cuando las personas debemos comportarnos con la mayor benevolencia posible al aceptar a los demás como son. Pero algunas personas siguen ciegamente en trazarse el objetivo de ser intachables, de poder llegar a ser un elemento perfecto en este mundo o por lo menos es lo que su mente le hace pretender.

En algún momento hemos podido actuar como seres superiores al pensar que siempre debemos tener la razón, que tal vez somos elementos métricos donde los demás deben compararse en nuestra escala de intachabilidad ética y moral, emitimos juicios alegando que los demás actúan mal o bien, ello desde la perspectiva de alguien no tiene problemas al discernir y valorar realmente las cosas. ¿Acaso puede haber alguien que alegue con méritos reales, y no simplemente, como una pretensión? Es difícil discutir esta pregunta; llegar a refutar con argumentos a alguien que cree ser un ser perfecto y que posiblemente poco conozcamos resultaría una labor casi inútil.

De ahí que muchas veces lleguemos a ver en las personas actos o manifestaciones sin censura. Ellos nos hacen creer eso, podríamos si quisiéramos hasta idolatrarlos, pero es que hasta ellos también cometen errores, incluso, cometen el error de creerse omnipotentes y omniscientes cuando son simples mortales de carne y hueso.

En el momento de ser sinceros, debemos aceptar que somos también parte de una especie con errores, que si bien podemos llegar a ser mejores o calificamos con honores en algunos aspectos como humanos, no podemos llegar a obtener mayores grados en otras características. El error que más se comete es creer que la otra persona es intachable, pero cuando realiza una falta nos duele pensar que es como otro ser, y eso usualmente confunde más. Es un proceso de humildad con uno y con los demás; celebremos alegres de los dones que poseemos, como también aceptemos con  franqueza que tenemos defectos y que no son ajenos a uno. Muchos luchan con esta última parte, es un conflicto que se presenta con uno mismo, pero es bueno llegar a reflexionarlo.

Es una abstracción que nace de la necesidad de hacerle ver a los demás que no somos más o menos, que no es malo creer que alguien puede ser moralmente mejor que otros, pero que tampoco pensemos en que podemos encontrar a la persona que se ordena a la santidad, pues a lo mejor nos podemos llevar una mayor decepción.

1 comentario:

Raúl Ortiz Toro dijo...
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